sábado, 7 de julio de 2018

La Jungla

Estos últimos meses de convulsa política me estoy preparando con el fin de conocer bien la alternativa política que se ciñe mejor a mi fe cristiana, es decir, a los patrones bíblicos. Quiero estar muy preparado para encarar las próximas elecciones de la mejor forma posible ante la jungla política en la que España se encuentra. Para atravesar tal jungla enmarañada de corrupción, intereses partidistas y personales que nada tiene que ver con el amor a las personas que se gobiernan, no necesito una espada afilada para ir cortando la maleza, sino la Palabra de Dios.

Pues dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. (Lucas 20:25)

Los sacerdotes y escribas, muy tunos ellos, pusieron a prueba a Jesús por medio de espías con el tema de pagar impuestos. Ecuánimemente Jesús respetó al César y a Dios: cada uno debía ser respetado en sus requerimientos. Los que solo dan al Estado sus tributos, dejando a Dios de lado o los que solo rinden obediencia a Dios, dejando de lado al Estado, hacen mal. Jesús demanda algo superior a lo que la sociedad política y religiosa practicaba, a saber: que cada uno se la apañe como bien pueda. Jesús demanda que atendamos nuestras necesidades administrativas y nuestras necesidades espirituales de forma equilibrada. Los que separan lo material de lo espiritual se equivocan terriblemente. ¡Así nos va!

Quiero ser un buen ciudadano y cristiano. Por esas razones he de atender sabiamente lo que Dios me exige y lo que la ley me demanda. Dios siempre es Justo, la ley humana no siempre enarbola la justicia. ¿Qué hacer frente a la injusticia gubernamental? Pedir a Dios que haga justicia y predicar el evangelio de Jesucristo, las buenas noticias de salvación que enseñan que llegará el día que el pecado humano no hará más estragos y que la justicia de Dios se impondrá. Jesús vino a poner orden y equilibrio entre la humanidad y Dios, por medio de pagar al Padre un impuesto por nuestros delitos en la cruz. Es importante dar a la sociedad lo que necesita, si son nuestros impuestos (sean estos justos o injustos) démoslos, sin olvidar que Dios demanda que le demos lo que es Suyo: nosotros mismos, que es más que dinero.

Da sabiamente.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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