Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 12 de octubre de 2013

Mi Gata Coco

El sábado pasado murió mi gata Coco. Ella es la que aparece en la foto. Uno no sabe cuánto se puede llegar a querer a un animal hasta que lo pierdes. Pasa igual con otras cuestiones de la vida. Esta semana, como imaginaréis, la hemos echado de menos y hasta algunas lágrimas han brotado de nuestros ojos, especialmente de los preciosos ojos de mi amada esposa. Coco ha sido una gata realmente buena y obediente, hasta el punto de que bromeábamos diciendo que parecía un perro en su forma de hacer lo que le pedíamos. Llegó a casa recién nacida y han pasado desde entonces aproximadamente diez años.


Dos semanas atrás comenzó a dejar de comer. No le dimos importancia pues ya nos había hecho la misma jugarreta en otras ocasiones (era bastante especial para eso de comer y nunca acababa con su cuenco de bolitas). Fue adelgazando rápidamente y para cuando contactamos con un veterinario ya era demasiado tarde. Se fue, literalmente, apagando ante nuestros ojos impotentes y a nuestras palabras de cariño respondía moviendo su colita como muestra de que aún nos reconocía y estimaba. La enterramos en el campo despidiéndonos de ella por última vez. Coco ha dejado un hueco en nuestros corazones y en nuestra casa. ¡Qué fea es la muerte!


No me extraña que esta sociedad trate de maquillar la muerte para hacerla pasar inadvertida. ¡Vivamos viviendo como si la muerte no existiera! Algunos hasta la festejan con sus tradiciones burlescas como Halloween. Muchos llaman a la muerte como ley de vida. La muerte nunca fue ley de vida sino que la muerte es la ley del pecado. No fuimos creados para morir sino para vivir. Nuestros pecados rompieron el pacto con el Creador y surgió la muerte en el planeta Tierra. Mientras observaba a Coco reconocía que mi pecado había causado ese trastorno en toda la creación. Todo muere por mis pecados y los de toda la humanidad. Yo soy culpable y tú, querido lector, también.


"Dependiendo de cómo vives la vida afrontas la muerte" era la frase que escuchaba desde niño a uno de mis pastores en la Iglesia Evangélica. Hoy día sé que tenía toda la razón pues para el discípulo de Cristo la muerte es simplemente una sirviente que le llevará a los brazos amorosos de Jesús en el Cielo. El apóstol Pablo declara exultante estas preguntas retóricas:

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1Corintios 15:55)


¿Miedo a la muerte? ¡No! Pero, ¿qué sienten las personas ante tal insalvable escollo? Unos tratan de no pensar en ello, otros la maquillan con filosofías humanistas y pseudoreligiosas, otros viven al borde de la muerte por medio de intentar burlarla con sus temeridades acrobáticas porque si se paran a pensar profundamente en el significado de la vida y la realidad de la muerte saldrán del letargo que los tiene cegados. Muchos viven pensando en que nunca darán cuentas a nadie por los hechos buenos o malos y sus consecuencias. En esta vida muchos (demasiados) "se irán de rositas" y la justicia no habrá pasado por ellos. Pero igual de cierto es que se toparán ante el Tribunal de Dios y allí no habrá nada que decir a favor de aquellos que consciente o inconscientemente han pasado de vivir de acuerdo al plan de Dios para cada vida.


Lo triste es que aunque el mensaje amoroso y a la vez de advertencia severa del evangelio sea oído por todos, no todos responderán afirmativamente. El mensaje del evangelio nos manifiesta a un Dios que dio lo mejor que tenía por amor a nosotros. Jesucristo sufrió el castigo que nuestros delitos y pecados merecían. Él abrió una puerta de entrada para que pudiésemos restablecer la amistad con Dios y de esta forma librarnos de la muerte eterna. La muerte significa separación de Dios, por lo tanto, morir es estar alejado por la eternidad de Dios y lamentando eternamente lo que pudo ser y no fue. La muerte física solo es un síntoma de una verdad mayor: la separación eterna de Dios. Yo no moriré eternamente pues Cristo me ha salvado eternamente y el juicio que pendía sobre mí lo ha cancelado por amor al sacrificio que tuvo que sufrir en la cruz. ¡Deseo ver cara a cara a mi Señor! La muerte, si Él no viene antes, será mi vehículo para este glorioso fin.


Me ha surgido la oportunidad de asistir espiritualmente a enfermos terminales en una fundación que se encarga de ofrecer cuidados paliativos a estas personas que atraviesan sus últimos momentos. Espero, con la ayuda de Dios, de servir de aliento y consuelo para estas personas tan especiales. Por mucho que intentemos tapar la muerte estamos rodeados de ella. Eso no quita que también se debe celebrar la vida pero conscientes de que no podemos vivir la vida como nos venga en gana. Un día oí comentar a alguien muy querido para mí lo diferente que era cuando alguien fallecía en una casa habitada por cristianos de una habitada por no cristianos o cristianos de nombre. No es lo mismo la desesperanza de creer que todo queda en la tumba, que la esperanza plena de que un día disfrutaremos de las promesas de nuestro Dios y que la muerte es un hasta luego.

Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría.  (Salmos 90:12)

La muerte es la ley del pecado.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

1 comentario:

  1. Anónimo12.10.13

    Esa es nuestra esperanza y por tanto nuestro descanso y sosiego.

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