Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 23 de agosto de 2014

Príncipes Y Princesas

Tal vez podamos sentirnos orgullosos de que vivimos en una sociedad donde el maltrato a las mujeres se condena. Digo tal vez porque lo realmente denigrante para mujeres y hombres es que veamos cómo, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre de cada año, crece el número de maltratos, violaciones y asesinatos en contra de las mujeres. La degradación va desde los insultos, pasando por violencia física, hasta la muerte de la abusada. Hay algunos que no pasaremos del menosprecio, hay otros que no pasaremos del insulto o la agresión física pero, si seguimos la norma bíblica, lo tenemos bastante crudo.

Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. (Mateo 5:21-22)

Dios nos ve como príncipes y princesas, con toda su dignidad y con todo el merecimiento de respeto. Estos derechos los tenemos todos los seres humanos, no porque los hayamos inventado en un alarde de genialidad, sino porque Dios los ha impuesto como reglas para el comportamiento de lo bueno y lo malo en las relaciones humanas: Las relaciones entre hombre y mujeres. Saltarse esas reglas trae los problemas aberrantes que todos conocemos. Todos somos iguales delante de Dios, pero el problema es que las personas creemos muchas veces que otros, en este caso las princesas, son de menor categoría.


Estoy convencido de que los príncipes no desean ser princesas, ni las princesas quieren ser príncipes (excepto en casos de problemas de personalidad). Cada cual está feliz en su rol y lo único a lo que se aspira es, en mi humilde opinión, a obtener el respeto y admiración de los demás, es decir, saber que mis iguales me aman como yo a ellos. Simple, pero verdad.


El caso es que seguimos tropezando en la misma piedra y no encontramos la solución al gran conflicto entre príncipes y princesas… y no lo hallaremos a menos que, como anoté antes, volvamos a respetar la ley de Dios. No es necesario, delante de Dios, matar a nadie para ser condenado al infierno, solamente con pensar mal del otro ya somos condenados. ¿Quién no ha caído en esa simpleza? Si eres humano ¡bienvenido al club! Porque todos hemos hecho lo malo ante los ojos de Dios: TODOS HEMOS PECADO. Todos nos hemos saltado a la torera los mandamientos divinos y, por lo tanto, nos espera el juicio.


Dios puso Su conciencia en nosotros para que nos advirtiera frente al mal que pudiésemos realizar. Si no escuchas tu conciencia y la obedeces frenando la maldad, tu situación podría llegar a sitios inimaginables. Recuerda que todo comienza con un mero pensamiento y puede dar con tus huesos en la cárcel. El pecado nos parece al principio dulce pero después que da fruto es amargura para el cuerpo y el corazón, llegando a contaminar todo lo que nos rodea. Feo, muy feo.


La buena noticia para príncipes pecadores y princesas pecadoras es el amor de Dios por nosotros, Su creación especial. Ese amor se demostró por medio de Jesucristo pagando por nuestros pecados en una cruz. El resultado es que muchos príncipes y princesas a través de la historia fueron eso, príncipes y princesas que mostraron amor y respeto por sus iguales porque se arrepintieron de sus pecados, reconociendo su necesidad de que Dios tomase el mando de sus vidas y comenzaron a caminar de acuerdo a la Voluntad Perfecta y Amorosa de Dios.

¿Príncipes, princesas o villanos?

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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