Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 18 de febrero de 2017

Aguantando Los Golpes

En una de las partes de “Rocky Balboa”, el boxeador del pueblo querido por todos, lo encontramos dándole un consejo a su hijo: “Lo importante no es lo fuerte que pegas sino lo fuerte que te pega el contrincante y cómo lo soportas”, le dice a grosso modo. Esto me hizo recordar la actitud de Jesús frente a Su sufrimiento. Dios podía habernos destruido cuando le pegamos pecando en Su contra cuando desobedecimos la única Ley restrictiva que puso: Y mandó el Señor Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás (Génesis 2:16-17). Decidimos libremente golpear al mismo Dios en un arrebato de desobediencia y estamos sufriendo las consecuencias del pecado: la muerte física (separación del cuerpo) y espiritual (separación de Dios). 

Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Isaías 53:5).

Pero Dios, por medio de Jesucristo, demostró hasta dónde estaba dispuesto a ser golpeado pues, lo importante es lo fuerte que pega el contrincante y cómo lo soportas. Jesús sufrió en primera persona los embistes de Satanás, sus propios hermanos, el pueblo, los religiosos, los gobernantes y Roma. Jesús fue herido, molido, castigado y cubierto de llagas en una cruz. La recompensa por ello no fue el cinturón de campeón mundial de los pesos pesados ni un óscar al mejor actor, ni siquiera un grammy a la mejor canción de amor, no le dieron tampoco el premio Nobel de la Paz, nadie le aplaudió, nadie le vitoreó porque fue Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos (Isaías 53:3). La recompensa fue para cada uno de nosotros: POR SU LLAGA FUIMOS NOSOTROS CURADOS.

Jesús sufrió hasta la muerte los golpes del pecado y Su contrincante fue Dios mismo, es decir, Él contra Él. Parece absurdo pero real. La razón: Dios decidió amarnos y rescatarnos aunque no lo merecemos. Jesús padeció la ira del Padre por nuestros pecados y nos manifestó hasta qué punto Dios se gana a sí mismo en un combate a favor del hombre que creó y que después salvó. Querido amigo, Jesús ya combatió por ti en una cruz venciendo y el mazazo más contundente lo recibió de Su Padre. La puerta a la salvación está de par en par. Arrepiéntete de los pecados que hicieron combatir a Dios por ti y cree en Jesucristo depositando tu fe en Él.

Dios se ganó a sí mismo por ti.


¡QUE DIOS TE BENDIGA! 

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