Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 3 de febrero de 2018

Información Errónea

Todos hemos sido condenados por alguien y todos hemos condenado a alguien. De esto no se escapa ni uno. Lo mismo que condenamos las cosas o personas que no nos gustan, defendemos esas mismas cosas cuando nos interesa o somos benevolentes con nuestras actitudes cuando las hemos condenado en otros. Es la pescadilla que se muerde su cola. En el discurrir del tráfico se ve mucho de esa actitud: cuando me tienen que ceder el paso me impaciento y cuando tengo que cederlo me irrito. ¡Todo lo que no sea o se haga como quiero es condenable! En el fondo muchos siguen siendo niños.

Parece que la condena la llevamos en el torrente sanguíneo. Quizá algunos análisis lo muestren y se vean hasta las células condenándose unas a otras. ¿Te imaginas el show? Puede resultar irrisorio pero muchas personas de nuestro alrededor viven condenando y condenándose a perpetuidad. Quizá tú mismo seas uno de esos. Nos condena la religión, nos condena la sociedad, nos condena la educación, nos condena la familia, los amigos, nuestro cónyuge y nos condenamos nosotros mismos.

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Juan 3:17)

Contra todo pronóstico nos han educado mal en cuanto a la verdad de Dios. Él conoce nuestro lastre de condena, nuestro pesar, nuestro cansancio y nos dice, para nuestra esperanza y consuelo: Jesús no ha venido a condenarte, ha venido a salvarte. Aunque hayas perdido el norte de lo bueno y lo malo, en medio de una sociedad con una conciencia cauterizada por un complejo de narcisismo que le hace rechazar el amor de Dios como Narciso rechazaba a la ninfa Eco, pide a Dios que te muestre su amor salvador en Jesucristo. Realmente Jesús no te condena sino que quiere salvarte. Él ya hizo todo lo necesario muriendo en una cruz. Tan solo ponte a cuentas con el Padre arrepintiéndote de tus pecados y confía en Jesucristo como tu Salvador y Señor. La condena que llevas como carga se irá.


Salvación, no condenación.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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