Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 8 de junio de 2013

El Purgatorio II

RECUERDOS DE ANTAÑO

Por Emilio Martínez

(LOS MÁRTIRES ESPAÑOLES DE LA REFORMA DEL SIGLO XVI Y LA INQUISICIÓN.)


SEGUNDA PARTE

ELOGIO DE ALGUNOS PÍOS MÁRTIRES SEVILLANOS Y CASTELLANOS

VI


Continuación del precedente


Estábamos, señores – dijo San Juan –, en que, según opinión del señor clérigo, existe un lugar de expiación, lugar que vos, hermano – añadió dirigiéndose al preso que antes interviniera en la conversación –, estimáis de absoluta necesidad.
–Pues bien – continuó San Juan –, como quiera que no hay reato, probando por la Escritura que quien se arrepiente y clama a Jesús por salvación ya no es reo de culpa, pues esto significa la palabra reatus, entonces habré demostrado que no existe en la vida futura, ni lugar, para un lugar de expiación temporal. Siento, amigos buenos, no tener aquí un ejemplar de la Sagrada Escritura para, escudriñándola, mostraros las sentencias que en ella tenemos en apoyo de mi afirmación; pero os aseguro procuraré que mi memoria sea fiel, y de lo contrario aquí tenemos a mi querido hermano en la fe de Cristo, el buen Julián Hernández, quien suplirá con su buen entendimiento lo que al mío falte.
–Ni a vos os falta memoria, entendimiento y voluntad, ni seré yo quien pueda supliros en falta alguna, don Fernando – contestó Julián.
San Juan reflexionó un corto instante, y continuando su discurso, dijo:
–El hombre no puede satisfacer por sus culpas, ni en ésta ni en la vida futura. Prestadme atención a las siguientes citas que lo demuestran. El profeta Isaías, en el capítulo cincuenta y tres de su libro, hablando del Mesías, que es Cristo, dice: «Ciertamente llevó ÉL nuestras enfermedades; y sufrió nuestros dolores; y nosotros LE tuvimos por azotado, por herido de Dios. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre ÉL, y por SU llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en ÉL el pecado de todos nosotros».
–El mismo profeta en otra parte de su libro, en el capítulo cuarenta y tres, escribe: «Yo, yo SOY el que borro tus rebeliones por amor de ti, y no me acordaré de tus pecados».
–Escuchemos lo que predijo otro profeta, Miqueas, en el capítulo siete de su profecía: «ÉL tornará; ÉL tendrá misericordia de nosotros; ÉL sujetará nuestras iniquidades y echará en los profundos de la mar TODOS NUESTROS PECADOS». ¿Lo oís, amigos? – añadió San Juan –. Dice que echará en la mar, es decir, que olvidará, como si no hubieran sido cometidos,
TODOS nuestros pecados.

–Veamos ahora – prosiguió el sabio cuanto cristiano maestro – lo que en tiempos posteriores, en los comienzos de la Iglesia Cristiana, cuando todavía no existían Papas ni Concilios que decretasen la existencia del purgatorio, escribió el discípulo amado de Jesucristo, es decir, el apóstol Juan: «Mas siandamos en luz, como ÉL está en luz, tenemos comunión entre nosotros; y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de TODO PECADO. Si dijésemos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros; si confesamos nuestros pecados, ÉL es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados y nos limpie de TODA maldad».
Calló don Fernando, y tras una nueva pausa prosiguió:
–No he de cansaros; solamente citaré dos o tres pasajes más. El mismo
Jesucristo dijo, como lo recuerda también el apóstol San Juan, en el capítulo cinco de su Evangelio: «De cierto, de cierto os digo: El que oye MI palabra, y CREE al que me ha enviado, tiene vida eterna; no vendrá a condenación, mas PASÓ DE MUERTE A VIDA.»
– ¿Queréis doctrina más clara y terminante? – Preguntó don Fernando, haciendo párrafo, y continuó –: Ved cómo entendió tal doctrina de salvación gratuita, concedida por Dios, mediante la obra de redención hecha por Cristo, el grande apóstol San Pablo, cuando, dirigiéndose a la Iglesia en Roma, dice: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», y el apóstol San Pedro…
–Permitidme, señor maestro – interrumpió el clérigo –: su merced habla siempre acerca del pecado mortal, y yo me refiero al pecado venial.
– ¿Y de dónde saca el señor capellán esa distinción de pecado mortal y venial?
–Ahora os cogí en vuestra ignorancia. Vos, que tanto blasonáis de conocer la Escritura, ignoráis, o fingís ignorar, que está escrito: Qui scit fratrem suum peccare peccatum non ad mortem, petat, et dabitur ei vita peccanti non ad mortem. Est peccatum ad mortem, non pro illo dico, ut roget quis. Omnis iniquitas peccatum est: et est peccatum ad mortem. ¿Qué decís a esto?
–Digo, ante todo, que aunque yo, lo mismo que mi hermano en Cristo, Julián, conocemos el habla latina, por lo menos tan bien como vos, habiendo otras tres personas más que nos oyen, que son estos compañeros de prisión, quienes desconocen tal lengua, debemos hablar en simple y vulgar romance.
–Yo, por mi parte – dijo uno de los presos –, desconozco el latín, por lo cual ni una palabra entendí de las dichas por el señor clérigo.
–Lo mismo me pasó a mí.
–Pues no importa – dijo el cura –, que yo interpretaré estas palabras, que en romance castellano dicen como sigue: «El que sabe que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida, y será dada vida a aquel que peca no de muerte. Hay pecado de muerte. No digo yo que ruegue alguno por él. Toda iniquidad es pecado y hay pecado que es de muerte».[1] Ya está resuelta la cuestión de que estos señores conozcan el sentido de la cita escritural, por la cual pruebo la doctrina de que existe pecado mortal y pecado venial. ¿Qué tenéis vos que alegar?
–Pues alego – dijo don Fernando – que nuestros reformadores traducen mejor que vuestros autores ambas versiones: la latina, y de ésta la castellana.
Teodoro Beza traduce del griego al latín el versículo diecisiete del capítulo quinto de la epístola de San Juan, que vos citáis, en la forma y con las palabras siguientes: Omnis injusticia peccatum est: sed est peccatum, quod non est ad mortem; que vierten así nuestros Casiodoro y Valera: «Toda maldad es pecado, mas hay pecado que no es de muerte.»
–De donde se colige y ve claramente que esos vuestros reformadores han puesto su versión de un efecto más incisivo, para demostrar la existencia de los pecados venial y mortal.
–Señores – prosiguió el cura, haciendo grandes aspavientos –, vean si estas gentes andarán bien, cuando ni en sus doctrinas concuerdan los unos con los otros.
–Tenga más calma y compostura el señor clérigo – dijo San Juan –, que voces, manoteo y contorsiones no son razones que convencen.
– ¡Pero si nada podéis alegar en favor de vuestras malhadadas doctrinas!
–Eso es lo que vamos a ver – replicó San Juan, y continuó:
–Vengamos a estudiar estas dos sentencias: «Hay pecado de muerte, por el cual no digo que ruegue». «…hay pecado que no es de muerte». ¿Cuál es el pecado mortal o de muerte? Respondo con las palabras de Cristo, como se registran en el Evangelio, según San Mateo, capítulo doce, versículos treinta y uno y treinta y dos; así como en Marcos, capítulo tercero, versículo veintinueve. Dice en Mateo: «Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, mas la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada a los hombres». San Marcos expresa así el discurso: «De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias, cualesquiera con que blasfemaren. Mas cualquiera que blasfemare contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto a eterno juicio». El pecado, según parece, imperdonable, es la blasfemia contra el Santo Espíritu; blasfemia que se comete, según yo entiendo, cayendo en la idolatría, negando la divinidad de Cristo o su humanidad; negando la existencia de Dios o alguno o todos sus atributos; rechazando el Evangelio; corrompiendo a la Iglesia con prácticas vanas o supersticiosas; ejerciendo en la Iglesia la simonía, que es la venta de los sacramentos, o de los puestos eclesiásticos, cosas ambas que han hecho y hacen los Papas y Prelados romanistas; rehusando el arrepentimiento, y
otros actos como estos, que tienden a menoscabar o a despreciar la divina autoridad de Dios, o la obra redentora de Cristo su Unigénito o Único Hijo.
–Pero… – interrumpió el cura.
–Permitidme continuar, que ya hablaréis vos – dijo don Fernando, y prosiguiendo en su discurso, continuó: –Todavía el Apóstol no manda autoritativamente que no se ruegue por un hombre que haya caído en cualquiera o en todos estos pecados, sino que dice: «yo no digo que ruegue alguno por él…»; no prohíbe; expone la posibilidad de que la oración hecha en favor de un tal hereje sea ineficaz, por la pertinacia en el pecado del mismo hereje. Esta es la interpretación más lógica que se puede y debe dar a ese pasaje, como lo probaré citando, para terminar, otros de la Escritura, los cuales demuestran que los sufragios en favor de los difuntos son, no sólo innecesarios, sino completamente inútiles.
–Pero, señor – volvió a interrumpir el cura –, por fuerza he de atajar vuestro discurso, para que no salgamos del asunto. Vuesa merced lo que probarme debe, ante todo, es que no exista pecado venial.
– ¿Qué entendéis vos por pecado venial?
–No diré yo – respondió el clérigo – lo que yo entienda o deje de entender; os responderé con la Iglesia romana: Pecado venial: «Una ofensa muy pequeña contra Dios o contra el prójimo, que se perdona fácilmente». Y vuelve a preguntar la Iglesia: «¿Cómo puede esto demostrarse?» Y responde la misma Iglesia: «Porque un pecado venial, pongo por caso: una palabra vana, una mentira oficiosa o dicha en broma, que a nadie perjudica; el robo de un alfiler o de una manzana, no son hechos de tanta monta que rompan la caridad entre hombre y hombre, cuanto menos entre Dios y el hombre». Esto es lo que dice la Iglesia, y esto es lo que yo creo y lo que debe creer todo católico romano. Y la doctrina – prosiguió el cura con calor – es lógica.
Porque yo hablo una palabra jocosa por pura broma, o deseando evitar un mal digo una mentira inocente, o le quito una naranja a mi vecino, porque tengo sed, ¿será esto tan grave como negar alguno de los santos misterios de nuestra religión?[2] Pues ved ahí el pecado venial.
–Responderé – dijo San Juan – a esos sofismas del modo siguiente: «Vos, o vuestra Iglesia, o los dos juntos, decís: «Pecado venial es una palabra vana». Jesucristo dice: «Mas yo os digo que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio», Evangelio, según San Mateo, capítulo doce, versículo treinta y seis.
– ¡Maravilloso! – exclamó uno de los presos.
–Vos y vuestra Iglesia, señor cura, decís: Una mentira oficiosa… que a nadie perjudica… En primer lugar, Jesucristo nos enseña que el diablo «cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de mentira» (Jn 8:44). De donde deduzco que todo mentiroso es hijo directo del diablo, porque así lo dijo Jesús: «Vosotros de vuestro padre el diablo sois».
Finalmente, Dios nos enseña cuál será la suerte final de todos los mentirosos, sin distinción de grandes ni de chicos, y mirad si están mezclados con honrosa compañía: «El que venciera poseerá todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Mas a todos los temerosos e incrédulos; a los abominables y homicidas, a los fornicarios, y hechiceros, y a los idólatras, y a TODOS LOS MENTIROSOS, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda». Apocalipsis, veintiuno, ocho.
–Ahora – dijo don Fernando –, para proporcionarme un corto descanso, mi amigo Hernández nos dirá por la Escritura algo que el creyente debe hacer con su boca.
–Con mucho gusto, y solamente por proporcionaros ese descanso del que necesitáis, obedezco, don Fernando, aunque de antemano sé que mejor lo haríais vos que yo. Escuchad todos lo que la Escritura dice: «Los labios mentirosos son abominación al Señor; mas los obradores de verdad, son su contentamiento.» «El que refrena sus labios, es prudente.» «Por lo cual, dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo.» Jesucristo nos enseña y manda: «...Mas sea vuestro hablar, sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.» Y el apóstol Santiago, como enseñado por el divino Maestro, escribe: «Mas vosotros, hermanos míos, no juréis ni por el cielo, ni por la tierra, ni por cualquier otro juramento; sino vuestro sí, sea sí, y vuestro no, sea no; porque no caigáis en condenación». De todo lo cual se deduce que delante de Dios no hay más que una clase de mentira, sino la mentira misma proclamada por Jesucristo como hija del diablo... No tengo más que decir sobre este punto.
–Y me parece – dijo uno de los presos – que lo que has dicho está muy bien dicho, y que jamás creí que a un hombre de tu pelaje se le ocurriesen razones tan atinadas ni tan concertadamente explicadas.
–Eso y más – interrumpió don Fernando – sabe y puede proclamar mi amigo Julián; que si hasta aquí estuvo callado no fue porque él no pueda disputar, sino por el respeto que me tiene, y para que usarcedes vean ser verdad esta que digo, suplico a mi hermano en Cristo continúe la disputa en el sitio y asunto en que pendiente está.
–Don Fernando – contestó Julián –, si por proporcionaros descanso acepté tomar parte en la disputa, ahora que me cedéis vuestro lugar, para que estas buenas gentes juzguen de mi capacidad, con todo respeto os digo que no acepto el envite.
–Julián, estoy verdaderamente cansado, y tengo gusto en que me ayudéis, pero si en ello no sois placido...
–No se hable más y continuemos.
Después de unos momentos de silencio, Julián dijo:
–Dice la Iglesia papista, por boca de su clérigo aquí presente: «El robo de un alfiler o de una manzana no son hechos de tanta monta que rompan la caridad entre hombre y hombre, cuanto menos entre Dios y el hombre». ¿Es esto?
–Así es – respondió el clérigo.
–Supongamos, pues, que vos cobdiciáis una manzana, es decir, deseáis su posesión, pero no llegáis a robarla. Yo siento la misma cobdicia, los mismos deseos sobre aquella manzana, y la robo. ¿Quién de nosotros dos cometió mayor pecado?
–Tú, indudablemente – contestaron los otros presos.
–Justo – añadió el cura –, mi pecado fue venial, porque cobdicié, mas no consumé el robo. Éste pecó mortalmente, porque al deseo añadió el hecho consumado de robar.
–Pues yo – dijo Julián – voy a demostraros que el deseo es delito de tanta monta como el hecho consumado: Escuchad con todo respeto, que dice Dios por su ley, cuyo décimo mandamiento dispone: «NO COBDICIARÁS la casa de tu prójimo, no COBDICIARÁS la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni COSA alguna de tu prójimo». ¿Habéis oído bien? «No cobdiciarás COSA alguna de tu prójimo», aunque esta COSA sea tan simple como un alfiler o una manzana, que, en verdad, son ambas cosas bien simples.
Los interlocutores callaron por unos momentos, inclinándose los presos a las razones de Julián.
Por fin, el cura exclamó:
–Bien; pero ese es el mandamiento, y en él no se establece más que una orden, pero no se gradúa el delito, que claramente se echa de ver que más grave cosa es desear la mujer del prójimo que no desear su buey o su asno.
–Pues me habéis dado hecho el corolario del problema. Escuchad lo que precisamente, a ese propósito, nos enseña el Divino Maestro: «Oísteis que fue dicho: No adulterarás... Mas yo os digo que cualquiera que mira a la mujer para cobdiciarla, YA ADULTERÓ CON ELLA EN SU CORAZÓN» (Mt 5:27-28). Pues extendiendo a todos los preceptos esa infalible interpretación de la ley, tendremos que, cualquiera que cobdicie un alfiler o una manzana de su prójimo, ya cometió hurto en su corazón, por el solo hecho de alimentar en sí tal deseo.
–Además – prosiguió Julián –, los Mandamientos de la Ley son dignos de igual observancia; porque, como dijo también el apóstol Santiago: «Cualquiera que hubiere guardado toda ley, y ofendiere EN UN PUNTO, ES HECHO CULPADO DE TODOS» (Stg. 2:10). No existe, pues, pecado venial; y pues que éste no existe, no hay lugar para la existencia de vuestro desdichado purgatorio.
–Pero, ¿qué haremos con nuestros pecados? – preguntó uno de los presos con ansiedad.
–Ya se os ha dicho: «La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado». Basta con que sintáis dolor de haber ofendido a Dios, que le confeséis vuestros pecados y que le pidáis perdón por Cristo el Redentor, «por cuya llaga fuimos nosotros curados», para que si «vuestros pecados fuesen rojos como la grana», queden más limpios que vellón de blanca lana.
Entonces tomó la palabra don Fernando, diciendo: – ¿Conocéis vosotros la historia del que llaman buen ladrón?
–Sí – contestaron los presos.
–Pues bien; aquel hombre, que no era bueno, sino malo, porque no hay ladrón bueno, estaba en la cruz esperando la muerte. Un rayo de la divina gracia le tocó. Se confesó pecador y reconoció a Cristo como Justo, proclamándole tal a su compañero de suplicio: «Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos, mas ÉSTE NINGÚN MAL HIZO». Inmediatamente, y dirigiéndose a Jesús, le dice: «Acuérdate de mí CUANDO vinieres a tu reino». ¿Sabéis vosotros lo que al ladrón arrepentido contestó Cristo?
–Sí, lo sabemos, o, por lo menos, yo lo sé. El Señor dijo al ladrón: «Hoy serás conmigo en el paraíso». (Lc. 23:39-43)
–Pienso que estás equivocado – dijo don Fernando –; Jesús no diría al ladrón «HOY». Pues ¿no tenía pecados que purgar un ladrón? ¿Acaso le quedó tiempo para hacer penitencia? ¿Qué obras satisfactorias pudo alegar? ¿Qué misas por su alma dijeron?
–Cierto – contestó el preso con confusión –, nada podía alegar en su favor aquel desgraciado ladrón.
–Sí que podía – exclamó San Juan –. «La sangre de Jesucristo», que le limpiaba «de TODO pecado». Por eso Jesús le dijo «Hoy», no mañana, ni dentro de cien años… «De cierto, de cierto te digo que HOY estarás conmigo en el Paraíso». Es decir, que el Señor le promete con juramento, pues eso significa el «de cierto, de cierto te digo». Ahora bien, como «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (He 13:8), he aquí que hoy puede hacer, y hace, con cada pecador arrepentido, lo que hizo con el ladrón que se arrepintió en la cruz: salvarle inmediatamente, en virtud de la obra expiatoria que el Hijo de Dios consumaba en la cruz.
–Pues, señor, digo y declaro que doy por bien empleada mi prisión, porque nunca antes de ahora escuché doctrina tan buena, y que me parece se me ha quitado un peso del alma…
– ¡Calla, desdichado! – exclamó el cura –. ¿Quieres contaminarte con esas doctrinas? No, no será. Estos hombres son pestilenciales y deben estar encerrados solos… así lo expondré ante los señores.
Julián se levantó del suelo, y con aire de triunfo exclamó: –Pues solo o acompañado, preso o libre, incomunicado o en comunicación, me oiréis cantar:

«Vencidos van los frailes, vencidos van;
Corridos van los lobos, corridos van.»
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 A Dios gracias por el testimonio de estos mártires.

Creer en Cristo y arrepentirse de los pecados es suficiente para ser salvo. Cristo es suficiente para salvarte. 

Solamente hay un Cielo y un Infierno. Tú eliges hoy.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!




[1] El texto latino está copiado verbo ad verbum de la versión latina de la Vulgata, editada
por Clemente VIII.– Venecia, 1780. El texto castellano es la versión que de la misma Vulgata
hace el P. Scio.– 1 Juan 5:16-17 – (N. del A.)

[2] Véase Compendio de Doctrina Cristiana, por el Dr. Doyle, páginas 46, 112 y113.

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