Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 12 de abril de 2014

Vanidad de Vanidades

Veo que la gran mayoría de personas viven por el estímulo de atesorar. Buscan satisfacer sus deseos de riqueza y fama como si aquí fuesen a perdurar eternamente. Me miro al espejo y observo que no dibujo la misma figura de antaño: mi faz describe arrugas que me dan sabida cuenta del paso de mis años. ¿De qué sirve tanto esfuerzo si al final todo quedará en aguas de borraja? ¿En qué administramos los años de nuestras vidas? ¿En el aspecto material? ¿En lo eterno? ¿Qué nos tiene tan ocupados que aún no tenemos tiempo de respirar? Si no respiramos, no estamos vivos. Creo que nos perdemos lo mejor de la vida.

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. (Eclesiastés 1:2)

El Rey Salomón escribió esa frase lapidaria falta de esperanza que salió de su pluma inspirada por la experiencia que, durante toda su vida, atesoró. Todos lo conocemos por ser el rey más sabio de la historia. Dios lo dotó de sabiduría sin par pero a lo largo de su existencia la usó para sus propios beneficios y, como diríamos por estos lares, la pifió. Debido a sus riquezas y posición no se privó de ningún conocimiento, tesoro, posesión y lujuria. Sí, se descarrió pensando que todo eso le daría la felicidad plena y el sentido absoluto que debe tener la vida, como él dice, debajo del sol.


Cuando le falló la ciencia, probó con el placer a todos los niveles. En el momento que estuvo empalagado por el sexo, experimento con las riquezas y la opulencia. Aquí no acaba la historia, pues al darse cuenta que todavía era infeliz con lo anterior (el sexo no pudo dejarlo pues tenía que contentar a muchas mujeres) se metió a religioso observando reglas estrictas y asfixiantes. Como esta experiencia se fue por la letrina ahondó en la política en un intento de socorrer al más necesitado y se dio de bruces contra la pared de la corrupción de todos los estamentos que en vez de servir de ayuda y protección oprimían al pobre y pervertían el derecho. Todo este proceso fue el sufrido por Salomón hasta concluir que todo es vano. ¡Lástima que se dio cuenta de ello en la vejez!

«Siempre que al pueblo Don Ricardo bajaba,La gente que por las calles pasaba le miraba:Era un verdadero caballero de abajo a arriba,Elegante, esbelto e impecable y limpio iba.Y siempre delicadamente arreglado,Y considerablemente humano hablando;Pero aun así era melodioso su saludo,Y parecía brillar cuando iba andando.Y era rico, tanto o más que un rey tenía,Y educación de todo tipo poseía;Por eso, a todos nos parecíaQue ser él era lo mejor que existía.Y así nosotros duramente trabajábamos,Pasábamos sin carne y al pan maldecíamos;Y una noche de verano nos sorprendimos,Cuando del suicidio de Don Ricardo oímos».
 E. A.  Robinson


¿De qué le sirvieron a Don Ricardo las riquezas, estatus y admiración de todos? Tristemente, de nada. Lo más patético es la gente que intentaba emular la prosperidad de Don Ricardo, agotando sus preciosas vidas en ello. ¡Absurdo! Eso sería otro sinónimo de vanidad. ¿Realmente somos originales o pescaditos arrastrados por la corriente de los que tienen la careta de la buena ventura? ¿Quieres acabar como un Salomón desmotivado por no ver un propósito claro en esta vida?


Salomón simplemente veía lo que sucedía debajo del Sol. Él perdió la visión de lo que acontecía encima del sol. Por esa razón tuvo que viajar Jesús, el Hijo de Dios, desde encima del sol a debajo del sol. Hemos perdido el norte por completo debido a que intentamos buscar la felicidad duradera y el propósito de la vida en los lugares que únicamente satisfacen ipso-facto y a continuación, el más frío vacío ¡Vanidad! Jesús nos enseñó que somos seres amados por Dios y que vino hasta nosotros para alumbrar nuestro vano caminar. El único que puede satisfacer todas nuestras necesidades es Jesucristo porque en Él hallamos perdón por nuestros fracasos, el verdadero propósito de nuestras vidas y un destino eterno seguro.


Al morir en una cruz Jesús abrió una gran brecha entre la tierra y el Cielo dejando una puerta abierta para poder pasar por ella y disfrutar de todas Sus promesas. Querido lector, si aún sigues buscando esperanza para librarte tu vacío interior, pide perdón a Dios por tus pecados, cree en Cristo como tu único Señor y Salvador. Comienza a vivir bajo los parámetros que encontrarás en la Biblia y desecha los tuyos, porque solamente te han llevado debajo del sol, y no te  llevarán más allá de él.

No busques donde Jesús no está.


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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