Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 26 de abril de 2014

En Busca De La Felicidad

Todos nos hallamos sumidos en una expedición muy especial. La expedición se llama En busca de la felicidad. En la película protagonizada por Will Smith, de donde tomo en préstamo el título para esta entrada, podemos observar  una forma de búsqueda de esa codiciada felicidad. En esta historia extraída de la vida real la felicidad consiste en alcanzar un estatus que permita vivir de forma estable y sin problemas económicos. En definitiva, en esta película se nos muestra como un don nadie consigue ascender en el escalafón, por méritos propios, hasta alcanzar el Olimpo.


¿Qué es la felicidad? La felicidad es un estado espiritual que también afecta a nuestra salud mental y física positivamente. Digo espiritual porque trasciende de lo meramente material y, por lo tanto, marchitable. ¡Cuántas depresiones profundas se curarían! ¡Cuántos matrimonios se salvarían del cruel divorcio! ¡Cuántos empleados amarían a sus trabajos y jefes! ¡Cuántos jefes amarían a sus empleados! ¡Cuán poco nos importaría lo intrascendente! ¡Cuántos estarían a gusto con sus cuerpos!


¿Cuál será la forma de obtener una felicidad duradera? Creo que es una buena pregunta porque muchas veces somos felices a ratos, que no es felicidad real. Si basamos nuestra felicidad en lo efímero, en lo que se agota, en lo que puede fallar, estamos siempre en la cuerda floja y entonces comprobamos que la verdadera felicidad no puede tener atisbos de inestabilidad. El saber que nuestra felicidad está cimentada sobre paja quita la felicidad y como consecuencia nos entraremos con su antónimo, la desdicha.

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1 Juan 2:15-17)

El discípulo amado, Juan, conocía la verdadera felicidad. Nos lo enseña en este corto texto detallando, en primer lugar, donde no se encuentra la felicidad. Resulta que, paradójicamente¸ en este mundo no se puede encontrar la felicidad. Poner nuestro empeño en los espejismos que la sociedad pone ante nuestros ojos es inútil para obtener una felicidad real. Lo único que denota es que somos materialistas y no tenemos en cuenta nuestra naturaleza espiritual, en lo más mínimo. Si amamos este mundo, no conocemos el amor de Dios. Juan lo deja claro.


Todo por lo que nos afanemos en este mundo no tiene nada que ver con los deseos de Dios para cada vida humana. Nuestros deseos son diametralmente opuestos a los de Dios si damos rienda suelta a los deseos de lujuria y poder a todos los niveles. En esto todos hemos pecado. Lo ridículo es que podemos estar tan empeñados en conseguir lo que denominamos felicidad  que se nos olvida que la visita por este mundo es también pasajera. Paradojas de la vida, como diríamos. A Dios gracias por esta paradoja ya que es la única que nos hace reflexionar seriamente sobre el significado de la vida y la posible trascendencia de ella.


La felicidad, además, es un sentimiento profundo de que lo que hacemos merece la pena, ayuda a otros y a nosotros mismos. Es un atisbo de eternidad que nuestra alma nos rebela. Esa eternidad es palpable para el apóstol Juan: pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. ¡Esa es la felicidad real! No es hacer nuestra voluntad porque un día dejaremos este mundo lleno de vanidades. La verdadera felicidad se halla sometiendo nuestra voluntad a la Voluntad de Dios porque solo Él sabe lo mejor para cada uno de nosotros. Este mundo nos trata como números, clientes, pacientes, usuarios, consumidores, feligreses y un largo etcétera. Dios quiere tratarnos como a hijos y ha puesto todos los medios a Su alcance para que ello sea completamente posible.


Jesucristo vino a este mundo para enseñarnos qué es la felicidad. La felicidad que nos enseñó Jesús consiste en no tener deudas en nuestra contra. ¡Cuántos desearían en estos tiempos de crisis poder saldar sus deudas con los opulentos bancos! Jesús vino a nosotros para saldar una deuda infinitamente mayor e impagable para nosotros: los pecados cometidos por cada uno contra Dios mismo. Voluntariamente obedeció a Su Padre por amor a nosotros y a Él, voluntariamente lo clavaron en la cruz por nosotros, y voluntariamente dio Su vida para ofrecernos la oportunidad de reconciliarnos con Dios.


Querido lector, reconsidera el rumbo de tu búsqueda de la felicidad. Busca a Dios mientras puede ser hallado. Jesús es la fuente de la felicidad. Para cambiar tu rumbo has de arrepentirte de tus pecados confesándolos a Dios y creer en Jesucristo como tu único Salvador personal. Desde ese momento serás un hijo de Dios experimentando que la felicidad no es un estado de risas, fiesta y jarana sino, como canta el salmista:

Me mostrarás la senda de la vida;
En tu presencia hay plenitud de gozo;
Delicias a tu diestra para siempre.
(Salmos 16:11)

Felicidad y mundanalidad son incompatibles.


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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