Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 21 de junio de 2014

José II

Capítulo 3

Dios siempre estuvo conmigo prosperando todo aquello donde Él me ponía. Potifar, el capitán de la guardia de Faraón, me adquirió como esclavo y al observarme se dio cuenta de que Dios bendecía mi trabajo. Hasta tal punto quedó impactado que me puso como mayordomo de su casa. Potifar puso todos los asuntos de su casa en mis manos como muestra de su confianza en mi labor. Potifar no se preocupaba de nada, tan solo de comer.


La esposa de mi amo no era de la misma simiente que él. Ella solo vivía para lo sensual y siendo yo joven puso su vista en mí. Vez tras vez me asaltaba con sus peticiones sexuales y yo no dejaba de hacer ver que mi fidelidad a Dios y a Potifar estaba muy por encima de mis deseos y los suyos. Llegó un punto en que me vi literalmente acorralado y tuve que huir ante tal acoso desmedido. Ella me asaltó agarrándome de la ropa e intentando forzarme sexualmente, yo corrí lo más que pude para zafarme de aquella situación pero en el forcejeo ella se quedó con parte de mi ropa.


Al verse rechazada contó a todos una sarta de mentiras sobre el suceso que me pusieron, como podéis imaginar, en una posición muy comprometida. Potifar, como resultado de las maquinaciones perversas de su esposa, se enojó fuertemente conmigo y  fui a dar con mis huesos en la cárcel. Después de todo, a Dios gracias, es lo menos que me hubiese podido ocurrir porque Potifar, en mi condición de esclavo, pudo haberme matado al montar en cólera contra mí. Creo que después de todo me tenía aprecio.


Una vez instalado en la cárcel mi Dios seguía a mi lado y nuevamente, por medio del jefe de la cárcel, me puso en un cargo de responsabilidad. Cuidaba de todos los presos que había en la prisión llevando a cabo todos los detalles pertinentes en cada momento. El jefe de la cárcel confiaba en mí plenamente, pues el Señor me prosperaba.


Capítulo 4

Como la prisión en que me encontraba estaba destinada a los presos del rey tuve la oportunidad de trabar amistad con ellos, máxime que además los servía. Un día llegaron dos nuevos presos a prisión, el jefe de los coperos y el jefe de los panaderos, acusados de delinquir contra el rey. El jefe de la cárcel rápidamente me puso al cuidado de ellos.


Después de algunos días, tanto el copero como el panadero, tuvieron sendos sueños y esa mañana los vi tristes, les pregunté: ¿Por qué se os ve tristes? A lo que ellos me respondieron que habían tenido un sueño y no hallaban quien los interpretase. Como Dios es el que me daba a conocer las interpretaciones de los sueños les dije que me los contaran


El sueño del copero fue para su bien ya que al cabo de tres días iba a ser restituido por Faraón en su cargo, y por lo tanto, librado de la muerte. Yo le pedí encarecidamente que se acordara de mí cuando estuviese ante Faraón y me librase del yugo de la cárcel. Con el panadero fue bien distinto: en tres días se dispondría su ajusticiamiento ahorcado. Doy fe de que todo lo que les mostré se cumplió como Dios me dijo.


Al tercer día fue el cumpleaños de Faraón que hizo una fiesta en palacio e hizo llamar a su presencia al copero y al panadero que estaban conmigo en la cárcel. Volvió a confiar en el jefe de los coperos devolviéndole su responsabilidad de servirle en ese cargo de honor, y al jefe de los panaderos lo envió a la horca.


Tuve que sufrir una vez más, esta vez por la ingratitud del jefe de los coperos, al que hice bien revelándole por medio de Dios la interpretación de su sueño, y él se olvidó de mí. Ahora puedo entender que Dios esperaba el momento idóneo para mi liberación y aunque la prueba era difícil y la condena inmerecida, seguí fiel a Él sirviéndole en medio de aquella situación carcelaria, tan ajena a todo lo que yo había vivido hasta el momento.

Prosperidad y olvido.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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