Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 7 de febrero de 2015

Luz

¡Luz, más luz! Está fue la exclamación que esbozaron los labios del escritor alemán Goethe antes de fallecer, según se nos cuenta. Mucho se ha especulado sobre el significado de esa expresión in extremis. Algunos mantienen la tesis de que Goethe fue el eterno buscador de luz y la que halló aquí fue insuficiente. ¿No será más bien que el encumbrado literato se supo envuelto en las más densas tinieblas sin vuelta atrás? Por ahí va mi pensamiento. Parece ser que la luz que arroja el ser humano sobre las grandes cuestiones de la vida no le dan luz satisfactoria, quedando siempre patente la oscuridad al final del túnel.

Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. (Juan 8:12)

Jesús asume ser la luz de este mundo, y como la luz que es lo expresa con claridad meridiana. Quiero hacer notar que Jesús no afirma ser una luz, sino LA LUZ. Este exclusivismo solamente puede salir de la boca de un loco, o de la boca del mismísimo Dios. Yo me decanto por la segunda opción. ¡Llámame loco! Cuando aceptas a Jesús como la Luz que guía tu vida aquí se van disipando las tinieblas del pecado, la duda y el despropósito. El pecado cometido contra Dios se perdona por medio del arrepentimiento, la duda de quién puede salvarme es quitada por medio de la fe en Jesucristo y el despropósito existencialista se torna en propósito eterno.

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Juan 3:19)

Según lo dicho hasta aquí Cristo parece ser la panacea. Si esto es así, ¿Por qué el ser humano sigue viviendo en tinieblas? Jesús mismo nos da nuevamente la respuesta: Los hombres amaron más las tinieblas que la Luz. Jesús descendió del Cielo para traernos la luz, es decir, el camino despejado que nos conduce a Dios. Él es el que alumbra ese Camino por medio de haber pagado el tributo exigido por el mismo Dios Padre por la culpa de nuestros pecados en una cruz. ¡Ya la deuda está saldada y el camino libre! Con eso y todo, los hombres, en general, siguen amando más las tinieblas que la Luz.

No dejes que tus años pasen y exclames con la desesperanza de Goethe: ¡Luz, más luz!, cuando te halles ante el callejón sin salida de la muerte. Grita ahora: ¡Jesús, más Jesús! Y las tinieblas se esfumarán. Empieza a caminar en Su luz, dejando las obras malas y haciendo las obras de la luz, las que Dios tiene preparadas para ti de forma especial. A partir de aquí verás la Luz al final del túnel.

¿Amarás más las tinieblas?

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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