sábado, 7 de marzo de 2020

Virus


Nos están invadiendo los virus… o nos están invadiendo de virus… ¿? Sin ser conspiranoico, la cuestión tiene su yo qué sé, qué se yo… Desde las pestes que asolaron el mundo; desde la gripe española, el sida, la gripe aviar hasta llegar al coronavirus todas estas pestilencias han mermado a muchos y han privilegiado a otros tantos. Los ciudadanos de a pie se contaminan y los potentados se lucran. Siempre ha sido así desde un poco después que el mundo es mundo. No quiero quitarle su importancia al asunto pero es mi intención resaltar el beneficio que reporta a otros el miedo que infunden propagando la exageración.
…inventores de males... (Romanos 1:30)
Un día, Dios, ajusticiará a todos aquellos que han inventado males con la determinación de infundir el terror, acelerar la muerte, cambiar el sexo natural por aberraciones o cualquier otro extravío que nos lleve a la oscuridad. Lo creamos o no hay muchos que se han “especializado” en “jorobarle” la vida a los que tienen a su lado y viven por y para causar daño. No son enfermos mentales, no han tenido una infancia deplorable ni nada que se le parezca. Simplemente tienen un corazón inclinado entusiásticamente al mal. Hasta en sus camas traman las fechorías que acometerán al despertar, diría el salmista. Pero no se irán de rositas. Hay una justicia superior.

Quizá, ante personas de ese calado maligno, pensemos que nosotros somos buenos. Nada más lejano de la verdad. Tu corazón y el mío están impregnados por el mismo virus que los inventores de males, es más, ¿cuántas veces hemos maquinado para vengarnos y hasta nuestras camas han sido el testigo mudo de pensamientos malvados? Nos inoculamos el virus del pecado desde el Edén y nos causó la muerte. Una muerte segura. Del coronavirus te puedes librar pero de la muerte por tu pecado, ¡no!

Tranquilo, tienes esperanza. El antídoto existe y está al alcance de tu mano. Con el objetivo de amortiguar los efectos de la muerte vino Jesucristo a nosotros. Él sufrió nuestra enfermedad mortal por el efecto del pecado, en una cruz. Él, que jamás pecó, pagó la multa que ocasionó tu pecado y el mío. Ahora nuestro virus se convierte en un leve resfriado si caminas con Jesús, en comparación con la virulencia que nos llevaría al infierno sin acercarnos a Él. Hoy te juegas mucho: salud eterna o enfermedad eterna. Cree en Jesucristo y arrepiéntete de tus pecados y comienza a vivir de acuerdo a la salud de Reino de Dios, dejando la salud quebradiza, y hasta interesada que te ofrece el reino de este mundo.

Cristo, el único antídoto.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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