Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 19 de mayo de 2012

Maratón


De todos es sabido que la antigua Grecia está llena de hechos mitológicos. Entre ellos quiero resaltar al soldado Filípides y su hazaña. Cuenta el mito que recorrió cuarenta kilómetros desde Maratón a Atenas dando la noticia de la victoria sobre los persas. Después de dar la noticia murió por la fatiga. La verdad sobre el asunto es bien distinta: Filípides recorrió unos doscientos cuarenta kilómetros que distan de Atenas a Esparta para pedir refuerzos.

Esta historia me recuerda a Cristo y su hazaña. Él fue enviado a este mundo por su Padre con un mensaje crucial para nosotros. Su hazaña lo llevó a la muerte al igual que al soldado Filípides. La diferencia es que Cristo recorrió un camino más largo y penoso. Filípides no sabía que habría de entregar su vida por su mensaje. Cristo en todo momento fue consciente de que tendría que dar su vida por su mensaje. Voy a describiros, dentro de mis humildes posibilidades con la palabra escrita, el camino que Jesús tuvo que andar, lo que supuso para Él, y el beneficio que esto trajo a mi vida y la bendición que esto reportaría a la tuya si tan solo crees. Un amigo y hermano en la fe escribió una canción describiendo este camino que Jesús atravesó. El título era "Descendiendo, descendiendo", inspirada en el siguiente texto bíblico:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.  Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre,  para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;  y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:5-11)

Querido lector, ¿te has dado cuenta de la vida de descenso que Cristo experimentó?

Aunque era Dios su título no le sirvió para excusarse delante de su Padre y desobedecer el mandato que este le encomendó. Se despojó, o vació a sí mismo, voluntariamente. Este fue el primer descenso. Se convirtió en siervo. El Dueño de todo lo creado se trasformó en esclavo. Este fue el segundo descenso. Pero no se quedó ahí. Murió de la forma más humillante en la que un ser humano podía ser ajusticiado en aquella época: LA CRUZ. Este fue el tercer descenso. ¿Te puedes imaginar a ti mismo descendiendo de esta forma? ¡Tú que eres un ser humano creado por la misma mano de Dios convertido en una rata de alcantarilla!. Jesucristo pasó de ser el mismo Dios a ser un vil reo por causa del mensaje de salvación que su Padre le dio para nosotros. Un descenso en que las palabras se quedan cortas para describirlo. No es de extrañar que su Padre lo exaltó hasta lo máximo, le dio un Nombre sobre todo Nombre. Dios le dio este Nombre para que todos (yo y tú incluidos) nos arrodillemos delante de Él. De esta forma confesamos que Jesús es el Señor, para mayor gloria de su Padre.


Yo ya he reconocido que Jesús es el Señor de mi vida y me postro ante su autoridad. He creído en su mensaje de salvación y por esta causa quiero compartirlo con todos. Si me  preguntases que es lo más importante que te puedo aportar te diría que es el mensaje del evangelio que predicó Jesús. Y tú dirás, "yo no me he arrodillado ante nadie, ni lo pienso hacer". Déjame decirte que estás equivocado. Lo quieras o no un día te arrodillarás ante Jesús y lo reconocerás como el Señor que es. La Biblia lo declara en este texto.

Mi pregunta para ti es, ¿te arrodillarás ante Jesús como un hijo que ama a su padre y le honra con todo el corazón o te arrodillarás ante Él como un condenado que no tiene más remedio que reconocer su error ante la evidencia del delito cometido?

¿Qué delito? Haber pecado. Mentir, ofender, odiar, calumniar, robar, adulterar, tener relaciones contra natura, celos, peleas, etc. Si has cometido alguno de estos pecados estás condenado por la Ley de Dios. Solo te puede librar de la condenación eterna Cristo. ¿Por qué Jesús te puede salvar? Porque pagó el costo de tu delito. Toda ley infringida requiere de una satisfacción y Cristo la satisfizo plenamente. El pecado que tienes en tu vida necesita ser perdonado y solamente Cristo puede hacerlo. Déjame aconsejarte sobre los pasos que debes dar para que tus pecados sean totalmente perdonados y puedas ser libre de verdad.

A) RECONOCE LA SITUACIÓN

                Hay pecado en tu vida, por lo tanto, necesitas ser limpiado del pecado y restaurado. Solo Cristo puede hacerlo.





B) ARREPIÉNTETE DE TUS PECADOS 

                Arrepentirse es dar la espalda a todo aquello que te esclaviza y caminar por el lado opuesto. Si antes eras un mentiroso, por ejemplo, ya eres alguien que dice la verdad. Puedes hablar con Dios reconociendo tu pecado y tu sincero deseo de arrepentimiento.



C) ACEPTA A CRISTO COMO SEÑOR Y SALVADOR

Dile a Jesús que lo reconoces como SEÑOR sobre tu vida porque Él te creó y te salvó y dile también que sea tu SALVADOR porque solo Él puede serlo. Si lo haces con fe sincera, no fingida, Él te recibe como hijo y pasas a ser una nueva criatura.
D) SIRVE A DIOS

Dios te ha capacitado con cualidades que te hacen especial porque tiene un plan precioso para tu vida. Este es un proceso de descubrimiento diario. Dios ha establecido un pueblo que le honra de forma especial. Reúnete en una Iglesia evangélica de tu ciudad para crecer y descubrir con la ayuda de otros las formas de ser útil a Dios y su Iglesia.


Rehusar el ofrecimiento que te acabo de hacer te mantiene bajo condena de muerte eterna. Recuerda, mientras hay vida tienes esperanza. Cuando se acabe esta habrás perdido la oportunidad de salvarte. Te arrodillarás ante Dios como un condenado y no como hijo amante.

El descenso llevó a lo máximo a Jesús.

¡Que Dios Te Bendiga!

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