sábado, 18 de enero de 2014

Nadie Quiere Morir

En menos de quince días he tenido la triste circunstancia de presenciar dos funerales. El día seis, como un macabro regalo de Reyes, fue el primero. El segundo, ayer, día diecisiete. Este último ha sido el funeral de mi suegra, una buena mujer que hoy disfruta del Cielo junto al que es su Señor, Jesús. Esta es la esperanza del cristiano: la muerte es un criado que nos lleva al Cielo junto a Jesús, el que nos amó y ama tanto.


Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. (Eclesiastés 3:11)


El ser humano no ha sido creado para morir, sino para vivir. La muerte es la cosa más fea que existe en el universo. No me extraña que me haya criticado algún lector por el hecho, quizá, de recordar la muerte con bastante frecuencia. La muerte es lo único que frena al ser humano y lo hace preguntarse sobre las incógnitas que realmente importan. Dios ha puesto un sentir de eternidad en lo profundo de nuestros pensamientos y nadie puede escapar del deseo de trascender, de no morir.


Solamente uno estuvo dispuesto a morir. Solamente uno estuvo dispuesto a dejarlo todo. Solamente uno estuvo dispuesto a vivir para morir. ¡SU NOMBRE ES CRISTO! Él eligió por propia voluntad pagar el precio para que nuestra existencia tuviese la oportunidad de trascender eternamente. Su muerte me dio vida cuando yo estaba muerto.


Perdónenme aquellos que dan la espalda a la muerte, maquillándola en un halo de indiferencia, porque lo único que demuestran es el pánico que les causa sentir la hoz contoneándose de manera invisible sobre sus cabezas. Acallan la semilla que Dios ha puesto en ellos y que les recuerda que hay algo más que la simple muerte.


Claro está, que como el ser humano debe reconocer su necesidad de Dios, su  propia soberbia lo ciega. Somos tan independientes de Dios que no nos importa ser esclavos de todo lo demás. Somos esclavos del dinero, somos esclavos del tiempo, somos esclavos del trabajo, somos esclavos de nuestros pecados, somos esclavos…

Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan. (Hebreos 9:27-28)

¡Queda establecido! Queda instituido que muramos y seamos enjuiciados. Si el mismo Dios tuvo que hacerse hombre en Jesucristo y darse en pago por nuestro rescate, queda de forma manifiesta y evidente el alcance maléfico de los pecados que cada uno ha cometido y cometerá. Jesús murió “para llevar los pecados de muchos” y no dice “de todos” porque solamente salvará a los que lo esperan. Esa es la esperanza del cristiano: esperar a que regrese su Señor.


Tengo la certeza de que si Jesús vino la primera vez para limpiarme de mis pecados, vendrá la segunda vez a salvarme de este cuerpo que está corrupto. Él me trasformará a Su imagen y viviré eternamente junto a Él. La muerte para mí es el tránsito a la verdadera vida, a la vida para la cual fui creado por el mismísimo Dios. ¡Aleluya!



¿Qué de ti, querido lector? Alguien decía que de la forma que vives la vida encaras la muerte y creo que tenía bastante razón. Si vives para darle “marcha al cuerpo”, “dar rienda suelta a tus inclinaciones”, “vivir al máximo que son tres días”, tu situación ante la muerte será de pánico. Si, por el contrario, vives de acuerdo con Aquel que te dio la vida le darás marcha al espíritu, darás rienda suelta a lo bueno y vivirás al verdadero máximo porque durará toda la eternidad y afrontarás la muerte con la convicción de que al otro lado te espera el que dio todo por ti: ¡JESUCRISTO!


Un único camino tienes que caminar, pues el otro es la muerte eterna, separado de Dios. El lugar de destino que te llevará a la muerte eterna es el infierno y te puedo decir que su nombre no hace justicia a lo que realmente te encontrarás, si llegas allí. Pide a Dios que te perdone tus pecados porque te arrepientes de ellos y cree que Jesús te puede salvar dándote vida, pues dio la Suya en una cruz para darte la opción de salvarte.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55)

Este fue uno de los lemas en la vida del apóstol Pablo, por decirlo de alguna manera. Es un canto que todos los cristianos nos alegramos en proclamar. ¡Cristo venció la muerte y esta ha perdido su efecto maligno! El veneno del aguijón y la negra oscuridad de la tumba han quedado sin efecto para aquellos que, con fe, se acercan al Vencedor de la muerte Cristo Jesús. ¿Cantarás este hermoso himno de victoria o la muerte te sorberá? Este es un tiempo en el cual puedes elegir: vida o muerte. Vive la vida con el sentido de propósito que Dios nos muestra en la Biblia, ella es nuestra guía en un sendero con luces y sombras. Me tienes a tu disposición.

¡Haz de la muerte un triunfo!


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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