Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 29 de marzo de 2014

Adolfo Suárez

El 23 de marzo anunciaron vívidamente los medios de comunicación el triste fallecimiento de Adolfo Suárez. Fue el primer presidente de España después de estar bajo la dictadura de Franco. En su honor es justo decir que dejó, tras su paso presidiendo España, muy alto el listón para los que vendrían detrás. Conocido como uno de los protagonistas de la transición de la dictadura a la democracia, junto al rey Juan Carlos I.


Esto me hace pensar que muchas veces las empresas comienzan con un buen rumbo, un liderazgo motivado, preparado y entusiasta, pero acaba corrupto y no llegándole a la altura de los talones a aquellos, en este caso aquel, que tan digno ejemplo dejó para las siguientes generaciones, en este caso, de políticos. La Biblia es como un periódico o un telediario que da noticias frescas y del momento. El salmo 82 es un vivo ejemplo de noticia del día. El comentarista bíblico, William MacDonald, lo interpreta de la siguiente forma. ¡No tiene desperdicio! Lean, lean…queridos lectores.

El Juicio de los Gobernadores del Mundo

Dios está en la reunión de los dioses; en medio de los dioses juzga. (Salmos 82:1)

El juicio comienza con un anuncio formal en el juzgado. El Juez se ha sentado, y es Dios mismo. Ha convocado una sesión extraordinaria del consejo divino para reprender a los gobernadores y jueces de la tierra. Se les llama dioses porque son representantes de Dios, ordenados por Él para ser Sus siervos y así mantengan el orden en la sociedad. Ellos por supuesto, no son más que hombres como el resto de nosotros. Pero debido a su posición, son los ungidos del Señor. Aunque no conozcan personalmente a Dios, todavía son agentes de Dios en sentido oficial y por lo tanto, dignificados aquí con el nombre de dioses. El sentido fundamental de esta palabra «dioses» es: «los fuertes» o «seres poderosos».

¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, y aceptaréis las personas de los impíos? (Salmos 82:2)

Primero, Dios les reprende por su conducta ilícita en el oficio. Son culpables de soborno y corrupción. Bajo su administración, los ricos han sido favorecidos mientras que los pobres han sido oprimidos. Los criminales se han ido sin castigo, y los inocentes han tenido que sufrir pérdida sin derecho a presentar recurso. Las balanzas del juicio se han vuelto balanzas de opresión.

Defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso. Librad al afligido y al necesitado; libradlo de mano de los impíos. (Salmos 82:3-4)

Entonces, el Juez de toda la tierra les recuerda una vez más sus responsabilidades en el área de la justicia social. Tendrían que ser defensores de los derechos de los pobres y los huérfanos, los afligidos y los menesterosos. Deben ser los ayudadores de todo aquel que es desheredado y pisoteado.



No saben, no entienden, andan en tinieblas; tiemblan todos los cimientos de la tierra. (Salmos 82:5)

Pero pese a todas las advertencias del Señor, no parece haber esperanza de ver mejora. Como si lo dijera en voz baja a otra persona, el Señor suspira y dice que ellos no actúan con conocimiento ni entendimiento. Puesto que ellos mismos andan en tinieblas, poca esperanza hay de que ayuden a otros que necesitan dirección. Como resultado de no haber actuado con justicia y sabiduría, los fundamentos de la sociedad son inestables. El derecho y el orden casi han desaparecido.

Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo; pero como hombres moriréis, y como cualquiera de los príncipes caeréis. (Salmos 82:6-7)

Aunque han sido exaltados hasta el cielo con sus privilegios, serán derribados en juicio. El hecho de que Dios les haya llamado dioses e hijos del Altísimo no les concede inmunidad en el juicio. Ellos serán tratados de la misma manera que los demás hombres, y caerán como cualquiera de los príncipes. Realmente el grado de su castigo será mayor, debido a sus privilegios. Nuestro Señor citó el versículo 6 en una de Sus confrontaciones con Sus enemigos (Juan 10:32–36). Ellos le habían acusado de blasfemia porque Él se había hecho igual a Dios. «Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?» A la mente occidental, el argumento puede que no parezca muy claro o convencedor, pero obviamente sí lo era ante Sus oyentes. Ellos entendieron que Jesús argumentaba de lo menor a lo mayor. La fuerza de Su argumento es así: En el Salmo 82, Dios llama a los gobernadores y a los jueces: dioses. Realmente no son divinos, sino es debido a su posición como ministros de Dios que son dignificados con el nombre de dioses. Su gran distinción es que la Palabra de Dios vino a ellos, esto es, que fueron oficialmente ordenados por Dios como los poderes altos en lo que se refiere al gobierno y a la justicia (Romanos 13:1). Si el nombre dioses podía ser aplicado liberalmente a hombres como ellos, ¡cuánto más plena y precisamente puede ser aplicado el nombre de Dios al Señor Jesús! Él había sido santificado por el Dios y Padre, y enviado así al mundo. Esto implica que Él había vivido con el Padre en el cielo por toda la eternidad. Entonces, el Padre le puso aparte para enviarle con una misión a la tierra, y fue así que nació en Belén. Los judíos entendieron perfectamente que Él estaba reclamando igualdad con Dios, y buscaron prenderle, pero él se escapó de sus manos (Juan 10:39).

Pero ahora, volvemos al último versículo del Salmo:

«Levántate, oh Dios, juzga la tierra; porque tú heredarás todas las naciones». (Salmos 82:8)

De esta manera Asaf llama al Señor a intervenir en los asuntos humanos, trayendo justicia y derecho para reemplazar la corrupción y la injusticia. Esta oración será plenamente contestada cuando el Señor Jesucristo vuelva para reinar sobre toda la tierra. En aquel día, como el profeta predijera, «habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia» (Isaías 32:16). La tierra disfrutará una época de justicia social y libertad de soborno y de corrupción[1].

Si no escuchamos a Jesús, iremos a peor.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!




[1] William MacDonald, Comentario Bíblico (CLIE, 2004), Salmo 82.

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