Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 22 de marzo de 2014

El Rey, el Valiente y el Caballo

El mundo anda muy convulso. Nada más hay que asomarse por la ventana de la caja tonta para ver el espectáculo dramático que tenemos organizado. Pareciera que llevamos las palabras conflicto y guerra en nuestras frentes… y así nos va… Aún se alzan voces diciendo que en el fondo somos buenos, negando la evidencia aplastante que nuestras obras muestran, a todas luces. Es como si estuviésemos ciegos ante tamaña realidad: somos malos y nuestros actos lo denotan.


Quizá no hayas iniciado una guerra, quizá no hayas motivado un conflicto internacional, quizá no hayas tenido que ver en los problemas de tu comunidad de vecinos, pero a buen seguro has causado problemas a alguien, especialmente a los más cercanos y queridos. “Nadie es perfecto”, dirás, y tienes toda la razón. Todos hemos causado conflictos y todos hemos sido agraviados por conflictos que otros nos han causado. Ley de vida. “Quien no tenga pecado, tire la primera piedra”, en boca de Jesús.


El punto más interesante, ya que hay problemas a todos los niveles en nuestra sociedad, es cómo resolvemos esos conflictos, ya sean personales o mundiales. Algunos huyen (yo tiendo a eso), algunos pelean con sus fuerzas, algunos odian, algunos matan… todos, en cierta forma, tendemos a pagar con la misma moneda al “enemigo. Estamos equivocando el tiro porque resolvemos los conflictos a nuestra manera.

El rey no se salva por la multitud del ejército, Ni escapa el valiente por la mucha fuerza. Vano para salvarse es el caballo; La grandeza de su fuerza a nadie podrá librar. (Salmos 33:16-17)

El título de esta entrada “El rey, el valiente y el caballo” parece sacado de alguna novela épica donde, después de que el caballero de turno haya vencido al dragón, se casa con la bella princesa y es proclamado rey. Eso es un cuento chino que nos han hecho creer desde pequeños. Todo termina bien…pero solamente en los cuentos de película y las novelas románticas. Según el salmista ni un rey, con todo su arsenal militar, ni un valiente, con toda su fuerza, ni asirse al más rápido caballo, nos podrá salvar de la quema. Este pensamiento es bastante pesimista pero vuelve a mirar a tu alrededor y verás que los ejércitos solo causan muerte y horror por donde pasan, los llamados valientes son aplastados y la grandeza de nuestras mejores máquinas no sirven de nada cuando llega el enfrentamiento. Podemos ser reyes, valientes y tener los mejores medios y al final comprobaremos que todo eso no nos librará porque tenemos la confianza y fe puesta en el lugar equivocado.

Bienaventurada la nación cuyo Dios es el Señor, El pueblo que él escogió como heredad para sí. (Salmos 33:12)

Nuestras naciones viven al margen de Dios…y así nos va. Creemos que nuestros recursos, nuestras fuerzas e inteligencia van a salvarnos. ¡Cuán errados estamos! El único que nos puede librar es Dios, por eso la nación más feliz sobre la tierra será aquella que tiene a Dios como Rey, es decir, como su Señor. Entonces el rey salvará debido a que tiene a Dios de su parte, el valiente saldrá victorioso porque Dios peleará por él, y los caballos serán meras máquinas para desplazarse porque en Dios estará nuestra fortaleza. ¡ALELUYA! La nación que tiene a Dios como Señor proclama a voz en cuello:

Estos confían en carros, y aquéllos en caballos; Mas nosotros del nombre del Señor nuestro Dios tendremos memoria. Ellos flaquean y caen, Mas nosotros nos levantamos, y estamos en pie. (Salmos 20:7-8)

La Iglesia de Cristo es la nación que tiene a Dios como Señor, lo proclama adorándolo. La iglesia la forman todos aquellos que han reconocido a Jesucristo como su único y suficiente Salvador, se han arrepentido de sus pecados y caminan de acuerdo al Reino de Dios sobre la tierra. La confianza está puesta en Dios que los libró de la muerte eterna, el problema más importante de sus vidas. Cristo pagó por ellos en una cruz y les posibilitó la entrada al Cielo, restableciendo la comunión íntima con el Padre. ¿Cómo no confiar en un Dios tan amoroso y bondadoso que dio a Su propio Hijo en rescate por nosotros? Este es el pueblo que confía en Dios porque Dios lo salvó de la muerte.


Todavía estás a tiempo de, por así decirlo, cambiar de nacionalidad. Las naciones como las vemos hoy no perdurarán eternamente. La nación celestial es eterna y allí hay luz, amor y justicia porque Jesucristo reina en medio de Su pueblo. Si continúas pensando y viviendo acorde a los que este mundo dictamina pasarás la eternidad en el reino de la oscuridad y acrecentándose el conflicto interno y externo en una muerte que es la separación absoluta de Dios y de todo lo que tenga que ver con Él.

Confía en Jesús, no en tus fuerzas.


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

No hay comentarios:

Publicar un comentario