Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 5 de julio de 2014

José IV

Capítulo 7

Los alimentos se les acabaron y mi hermano Judá solicitó a mi padre que Benjamín viajase con ellos ya que de otra forma no podrían subir a Egipto y mucho menos liberar a Simeón. Judá se responsabilizó por Benjamín y se dispuso a cargar con la culpa si a su hermano menor le ocurriese algo malo.


Jacob resolvió hacer lo que sus hijos le pedían y mandó con ellos lo mejor del fruto de su tierra, bálsamo, miel, aromas y mirra, nueces y almendras. También puso en sus manos doble cantidad de dinero para que pagasen el anterior cargamento pensando en que había sido una equivocación.


Cuando vi a Benjamín preparé un suculento almuerzo para comer con ellos. Mis hermanos creyeron que les estaba poniendo una trampa por el impago de la provisión anterior. Mi mayordomo los recibió y le expusieron sus temores, los tranquilizó, liberó a Simeón, los llevó a la casa de José, les dio agua, lavaron sus pies y dio de comer a sus bestias.


Me agasajaron con regalos mostrándome respeto. Les pregunté por mi padre y me dijeron que aún vivía. De pronto vi a Benjamín y lo bendije pidiendo a Dios que tuviese misericordia de él. No me quedó más remedio que apartarme de ellos, ir a mi habitación, y llorar amargamente. Después de unos momentos enjuagué mi cara, me volví a encontrar con ellos y ordené poner la comida. Aunque me costó trabajo, conseguí contener mis sentimientos.


Mis hermanos, junto con todos los presentes, estaban estupefactos con aquella extraña situación. Puse delante de ellos mucha comida sabrosa la cual disfrutamos todos pero a mi hermano menor, Benjamín, hice que sirvieran el quíntuple más que a mis otros hermanos. Ellos se alegraron y esto me gustó porque era mi primera comida familiar desde hacía mucho, muchísimo tiempo. Solo me faltó mi padre para que fuese una comida perfecta.


Capítulo 8

Nuevamente pedí a mi mayordomo que llenara los costales de mis hermanos hasta rebosar y pusiese en ellos el dinero de vuelta y además, puso mi copa en el costal de Benjamín. Los quería poner a prueba una vez más. Por la mañana partieron rumbo a su tierra y cuando todavía no se encontraban muy lejos de la ciudad mandé al mayordomo a detenerlos por haber sido descubiertos en el delito de robar mi copa.


Ellos se vieron muy contrariados, asombrados y le propusieron al mayordomo que aquel que tuviera la copa muriese y los demás quedarían como esclavos de José. El mayordomo les dijo que aquel que robó la copa sería su siervo y los demás quedarían libres. Todos abrieron sus costales y la capa fue hallada en el costal de Benjamín, entonces se llenaron de angustia y regresaron de vuelta a verme.


Todos se postraron en tierra cuando estuvieron delante de mí y yo los confronté con el mal que habían hecho. Judá se me ofreció como esclavo junto con todos sus hermanos y yo rechacé el ofrecimiento diciendo que solo Benjamín sería mi siervo. Los despedí en paz para que regresasen con su Padre pero Judá se acercó nuevamente a mí para seguir rogándome clemencia por Benjamín.


Me contó Judá del sufrimiento de mi padre al dejar a Benjamín venir a Egipto y sus temores de que algo malo le sucediese, pues ya había perdido cruelmente a un hijo. Jacob moriría de dolor por no ver de vuelta a Benjamín y Judá cargaría con la culpa para siempre delante de Jacob. La solución que me ofreció mi hermano Judá fue la de quedarse como mi siervo, en lugar de Benjamín, con tal de no hacer sufrir a Jacob, su padre.

Alegría y contradicción.


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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