Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 19 de julio de 2014

José VI

Capítulo 11

Cuando informé a Faraón de la presencia de mi familia en Egipto él los conoció preguntándoles sobre su oficio y mis hermanos contestaron que eran pastores de ovejas venidos a Egipto a causa del hambre en Canaán. Faraón me permitió que moraran en lo mejor de la tierra de Egipto, Gosén y que los más capacitados fuesen mayorales sobre el ganado del rey.


Presenté a mi padre a Faraón y Jacob lo bendijo. Conversaron un poco dada la curiosidad de Faraón por la vida de mi padre y después se fue. De esta forma comenzó a vivir toda mi familia en la tierra de Gosén y yo tenía la oportunidad de darles alimentos.


El hambre había llegado a tal extremo que tanto Canaán como el mismo Egipto sentían su azote. Acumulé para aquel tiempo todo el dinero de Canaán y de Egipto por los alimentos que me compraban. Como no le quedaba dinero al pueblo les propuse trocar su ganado por comida, aceptaron y fue bien por el primer año.


Pasado el primer año se acabó el ganado y el pueblo se ofreció asimismo, junto a sus tierras, a cambio de provisión. Yo los compré y los abastecí de grano con que sembrar la tierra con la única condición de que un quinto del fruto fuese para Faraón, el resto les serviría de alimento para sus familias.


Mi familia aumentó mucho llegando a ser muy fructífera. Mi padre llegó a Egipto con ciento treinta años y a los diecisiete años de residir en Egipto, con ciento cuarenta y siete años, me llamó para que le hiciese una promesa muy especial antes de morir. Israel me juramentó haciéndome poner mi mano bajo su muslo, según la costumbre de aquellos tiempos, diciendo que cuando muriese lo sepultase junto con sus antepasados y no en la tierra de Egipto. Yo accedí de buen grado y sin ningún tipo de ambages. ¡Cuánto honor poder cumplir con los deseos de mi amado padre!


Capítulo 12

Me avisaron del estado de gravedad de mi padre y llevé conmigo a Manasés y a Efraín para que los bendijera. Informaron a mi padre de que yo venía con mis dos hijos y él, sacando fuerzas de flaqueza, se sentó en su cama y me recibió. Me contó Jacob como Dios lo bendijo con la promesa de ser estirpe de naciones y la tierra prometida para sus descendientes, como heredad para siempre. De Manasés y Efraín dijo que eran suyos y que sus descendientes serían míos siendo conocidos por el nombre de sus hermanos cuando hereden. Me contó el triste suceso de la muerte de Raquel, mi madre, y cómo la enterró en Belén.


Israel besó y abrazó a sus dos nietos afirmando con felicidad que Dios lo había bendecido, no solo con poder verme a mí, sino a ellos también. Me incliné a tierra y coloqué a Efraín a mi derecha y a Manasés a mi izquierda de tal forma que Manasés, el primogénito quedase a la derecha de mi padre. Israel premeditadamente colocó su mano diestra sobre la cabeza de Efraín y su siniestra sobre la cabeza de Manasés, y los bendijo. Esto me causó enojo e intenté corregir las manos de mi padre pues sabía que ya no veía correctamente. Él me dijo que era consciente de lo que estaba haciendo pero que aunque Manasés fuese el primogénito, Efraín sería más grande que Manasés.


También me habló mi padre anunciándome que pronto moriría, pero Dios estaría con nosotros, y nos devolvería a la tierra de nuestros antepasados. A mí me había concedido una parte más que a mis hermanos como heredad, que fue ganada contra el amorreo en batalla. Felizmente mi padre bendijo a mi descendencia poniendo en primer lugar al menor, Efraín, y en segundo lugar a Manasés, el mayor. En principio me quedé perplejo olvidando por unos instantes que Dios tiene un propósito para cada uno, igual que lo tuvo conmigo.


Administrando bienes y bendiciones con sabiduría.

¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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