Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en Él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

sábado, 23 de abril de 2016

Apartar la Vista

Me asombra, como cristiano, la facilidad con la cual la gente aparta la vista frente a lo malo, hasta el punto de llegar a justificarlo. Ven la injusticia, la corrupción, la mentira, el fanatismo y mil cosas más pero apartan la mirada y se ven buenos porque ellos “no actúan así”. En definitiva, ven la viga (lo malo) en el otro, y no perciben la que tienen en sus ojos. Cuestión de perspectiva, digo yo.

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. (Juan 8:7)

Estoy cada día más convencido en cuanto a que dentro de cada uno de nosotros hay un pequeño Hitler deseando mostrarse en toda su plenitud. Quizá no vayamos a iniciar una guerra mundial ni nada por el estilo, pero sí iniciamos peleas y contiendas promovidas por nuestra condición de pecadores. ¡Quién esté libre de pecado tire la primera piedra!, dijo Jesús a una muchedumbre que se creía mejor que una adúltera y que venía dispuesta a lapidarla.

En esta ocasión uno a uno se fue alejando y no llevaron a término su sed de justicia injusta. Ellos también merecían ser apedreados por sus delitos y pecados. ¡Nosotros también merecemos ser apedreados! Todos hemos pecado. Todos estamos condenados. Todos merecemos la muerte. ¡TODOS! ¡SÍ! No hay esperanza, no hay salida, no hay consuelo, no hay amor, no hay refugio…

Pero entra en escena Jesús y quiere protegernos de nosotros mismos. El hombre es mal amigo del hombre debido a la envidia y los celos que nos han llevado y nos siguen llevando por el camino equívoco: la muerte. En Jesús hay misericordia, amor y perdón. En Él no encontraremos ni un ápice de rechazo porque sacrificándose por cada uno en una cruz, estableció la salvación para toda la humanidad. ¡La puerta al Cielo está abierta! Está abierta para todos aquellos que reconocen sus pecados ante Dios, se arrepienten de ellos y siguen a Jesús.

En esta guerra hay dos bandos bien diferenciados. Por un lado están los que vienen a señalar con sus dedos los errores de los demás, y por otro lado, los que, como la adúltera, caen a los pies de Jesús buscando el perdón que nadie más puede ofrecer.

¿En qué bando estás tú?


¡QUE DIOS TE BENDIGA!

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