Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y
llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y
el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de
Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. (Lucas 1:31-33)
En estas fechas navideñas he compartido algo de la vida de
tres personas que se vieron involucradas en la primera venida de Jesús a este
mundo: Juan, José y María. Los tres cumplieron con los designios de Dios para
sus vidas. Juan lo anunció, José lo protegió y María lo dio a luz. Me imagino
lo privilegiados que debieron llegar a sentirse por participar en primer plano
de la profecía que siglos antes había sido dada por medio de los profetas de
Dios. Dios se hizo hombre y ellos tres pudieron ser testigos oculares de tamaño
evento.
“…grande…Hijo del Altísimo…Dios le dará…reinará…y su reino no
tendrá fin...”
El protagonista de la navidad es Jesús. Ni Juan, ni José, ni
María pueden eclipsarlo. Es más, para ellos sería una ofensa que alguien
tratara de quitarle el primer plano a Jesús. Como Jesús no hay par. Él es Único
al igual que la misión que vino a desempeñar. Su nombre, Jesús, ponía de
manifiesto sin lugar a dudas esa misión especial: Salvador. La misión de Jesús
fue salvarnos de los pecados que cometimos contra Dios, desobedeciendo Su
voluntad para nosotros y librarnos de la ira justa de Dios, mostrándonos al
Padre amoroso y perdonador que es Dios.
La descripción que el ángel deja a María no deja lugar a la
duda sobre quién sería el Ser que albergaría en su vientre “…grande…Hijo del Altísimo…Dios le dará…reinará…y
su reino no tendrá fin...”. Grande como ningún otro, Hijo de Dios,
Dios le dará toda potestad, reinará para siempre y para siempre. Jesús no es un
simple Niño indefenso como algunas caricaturas nos quieren hacer creer. Jesús
es el Ser más grande que la humanidad ha conocido. Los pobres son aquellos que
no perciben la grandeza de Jesús, Dios hecho carne por amor a nosotros.
Mañana, Dios mediante, votaremos para elegir un gobierno que
finalizará cuando otro sea elegido. Estos son reinados perecederos. El Reino de
Jesús es un Reino Eterno. Él lo ganó en una cruz muriendo para pagar en nuestro
lugar por nuestros pecados, y de esta forma tener la oportunidad de
reconciliarnos con Dios. Estas navidades abre de par en par las puertas de tu
corazón a Jesús, invitándolo a que entre y tome el lugar de primacía que le
corresponde en tu vida. Cree en Él y arrepiéntete de tus pecados de forma
sincera, porque esta es la única forma de entrar en el Reino de los Cielos, el
Reino que no tendrá fin.
Sin fin.
¡QUE DIOS TE BENDIGA!
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